domingo, julio 08, 2012

ENERO DEL AÑO DOSMILNIEVE





Aquella mañana me desperté cuando sonó el teléfono, era mi amiga Pilar para decirme que mirara por la ventana. Un silencio extraño mayor que el habitual a esas horas de la mañana me hizo sospechar que algo inusual estaba ocurriendo. Entre risas y sin dejar de parlotear como siempre me acerqué a la ventana y cual fue mi sorpresa al descubrir ese manto blanco, frío y silencioso que cubría el pueblo por entero.

Hacía mucho tiempo que no caía así, era enero del año 2009. 

Yo no tenía indumentaria apropiada pero pronto mi amiga me proporcionó unas botas muy grandes para poder salir a pasear por las calles.

Nos encontramos con muchos habitantes, caminando de allá para acá como mutantes, pues una capa de hielo se escondía traidora debajo del blando manto, obligando a las personas a caminar en parejas o grupos agarrados unos a otros para no caer.
Fue una fiesta fascinante, las gentes se lanzaban bolas sin conocerse de nada, se rebozaban por el suelo, incluso se llegó a mantear a alguien contra su voluntad, y mas de uno se rompió un hueso.

Pasamos el día celebrándolo todos juntos, del bar estanco, al bar piscina, de allí tal vez a la casona, sin dejar de lado el Molino, visitamos todos y cada uno de los bares del pueblo sin dejarnos ninguno. Aquel blanco rodeándolo todo te hacía perder el sentido de la orientación y nos perdíamos una y otra vez yendo a parar al mismo sitio.

Acabamos el día de madrugada, sin barra de pan, que fue mi objetivo inicial al salir, compartiendo una manzana con dos ancianos amigos, mientras me dormía de puro agotamiento recostada en la mesa de mi cocina.

Tras tres días incomunicados en aquel lugar, la ansiedad nos hizo presos a mas de uno, y lo que en principio fue lindo y novedoso, se convirtió en montañas embarradas apartadas por los rincones y un suelo helado imposible de transitar.

Guardo el recuerdo como un gran tesoro, fue uno de esos momentos maravillosos que nos regalaba aquel lugar, aquellas personas que allí estábamos generando vivencias que no se pueden olvidar.

Gracias a todos los que estáis, los que permanecéis y los que ya os habéis ido. 

Manolo, nunca te olvidaremos, seguro que allá donde estés recuerdas aquellos  días fríos pero al mismo tiempo cálidos que pasamos en el Berrueco.









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