sábado, febrero 02, 2013

PREMONICION



Por favor ¡Silencio!, dijo Paquita Luján, dando golpes con el bastón en la antigua, pero recién acuchillada tarima.

Vamos a ver: _ Alguien de ustedes ha visto alguna vez a un individuo, nadando en las dunas del desierto?

Esta pregunta se quedó resonando en el aula y permaneció flotando en la mente de más de uno de los que allí estábamos, aunque en realidad se quedó sin respuesta o yo hoy, ya no la recuerdo.

Corría el año 1.990, la mayoría de edad entraba en nuestras vidas como una exhalación, con una diferencia de días, semanas e incluso meses, el ambiente cargado de energía incontrolada y efervescente, aportaba un aroma a humanidad; torrentes de feromonas, testosterona y demás estrógenos campando a sus anchas en aquel lugar de techos altos y antiguos; estábamos todos muy juntos aunque había espacio mas que de sobra, pero aquellos pupitres siameses unidos por una fría barra de hierro, nos hacían acurrucarnos unos con otros, sobre todo con el compañero de al lado, y aunque no hubiera sido así, en ese preciso instante de nuestras vidas nos comportábamos como una gran camada de alguna extraña especie animal desconocido, a la que sus padres, que habían salido a cazar, habían dejado momentáneamente en un lugar seguro, donde nos instruían, para el día de mañana, hacer lo propio.

Eran años felices, el ochenta por ciento del día lo pasábamos carcajeando de alguna tontería, un pelo, una mosca posada en algún lugar insospechado, un bigote, una camisa de algún profesor incauto; cantábamos sin complejo a viva voz, corríamos escaleras abajo zapateando en aquellos peldaños de madera pulida y gastada. El ascensor era antiguo y estaba prohibido utilizarlo, por los alumnos. Era un edificio de la calle de Atocha construido a principios de siglo y había vecinos de renta antigua, todos ancianos, con los achaques propios de su edad, que no aguantaban tanto jolgorio porque sus ganas de correr y cantar habían pasado de largo hacía ya algunas décadas.

Más de una vez nos cruzábamos en el portal con alguno de los ancianos que nos miraba con temor, empequeñecido, temblorosos,  se refugiaban contra la pared o contra los buzones, por miedo a recibir un pisotón o una embestida con alguna mochila cargada de libros, que los hiciera caer al suelo; sus huesos frágiles debían ser preservados hasta el momento de partir.

Un día, observando desde el gran portal el ir y venir de la juventud, comparado con el ir y venir de la vejez, comprendí que si la ley de la vida no se veía sorprendida por algún hecho fortuito, yo y todos los que circulaban por allí con soltura y desenfreno, llegaríamos a tomar el mismo ritmo cansado y dolorido al alcanzar la edad de los abuelos que allí vivían.

En ese momento me encontré con María, tenia ochenta y siete años y un moño blanco y pequeño pegado a su nuca, vestía de negro riguroso y llevaba un pequeño mandil , volvía de la compra despacio; fui corriendo a ayudarla con las bolsas, no pesaban pero se había roto el asa de una y no se hacía con ella. La acompañé en el ascensor hasta su piso, así aproveché para montarme en aquel artilugio que tanta curiosidad me causaba, además de subir los niveles de mi adrenalina, pues chirriaba como gatos apareándose en febrero y parecía que se iba a descolgar en cualquier momento; sacó su manojo de llaves y abrió la puerta con sus dedos deformes por la artrosis, me invitó a pasar y a tomar un café con pastas mientras me hablaba sin parar de mil cosas que a penas hoy recuerdo.

María era viuda desde hacia veinte años y Dios, como ella me contó, no quiso darla hijos, sus padres lógicamente, también habían fallecido hacía años y la única familia que tenia era su hermana Lola que vivía en Gijón con un hijo, muy ocupado y muy listo; Lola tenía diez años menos que ella.

La observé detenidamente mientras me contaba vida y milagros, tenía una mirada clara, brillante, llena de luz y se limpiaba sistemáticamente la boquita desdentada con un pañuelo que sacaba de la manga de su blusa, me pareció feliz en ese momento y llenó mi ánimo con una extraña melancolía de los recuerdos de otro tiempo.

Al mirar el reloj comprobé que me salté la clase de trigonometría y también la de estadística, por lo que decidí pasar de Literatura y seguir charlando con aquella pequeña mujer que tanta necesidad de hablar tenía y que a mi me enriquecía.

Fue entonces cuando me contó, con cierto resquemor, que la noche anterior había tenido un sueño.

Estaban de jóvenes en la Dehesa de la Villa de merendola como hacían miles de madrileños en aquella época, bailó con su Santiago y cantó canciones con su madre, al compás del acordeón que tocaba su padre; recordaba también haber visto en el sueño a su vecina Pili y a  la Filo, una prima suya que bailaba con Inés; también vio a Paco, compañeros de su trabajo todos ellos fallecidos. En ese momento tembló su voz y
con una seguridad aplastante, me dijo que sabía con certeza, que esa misma noche partiría para siempre dejando esta vida, que se lo habían dado a entender sus familiares y amigos que vio en el sueño, además se percató que Lola que aun vivía, no apareció por ningún sitio en su sueño y que con lo cantarina que había sido siempre,  tendría que haber estado en una de las primeras filas de aquella fiesta en la Dehesa de la Villa.

Quise tranquilizarla de alguna forma torpe que yo no sabía; ella, mayor que yo, lo notaba y fue la que me tranquilizó a mi, recordando lo feliz que se sentía de haber vivido su vida al lado de las personas queridas, agradeció que me hubiera cruzado en su camino en el ultimo de sus días y puso en mis manos la llave de su casa, pidiendo el favor de que al día siguiente, comprobara que no estaba equivocada.

No pude controlar la emoción, acababa de conocer a María, en cuatro horas la quería como a alguien de mi familia y supuestamente, ya tenia que despedirme para siempre de ella, fugaz en mi vida, como una estrella en el firmamento, no podía creerlo, pero en el fondo de mi, sin saber por qué, si la creía.

La besé en la mejilla largo y profundo, aspirando el aroma a jabón de su cara arrugada y tierna, la abracé con cuidado para no hacerla daño y me marché con la llave apretada en la mano hasta hacerme una marca que me dolía, pero nunca tanto como la creencia absoluta, de que no la volvería a ver como aquel día.

Aquella noche no pude dormir, no paré de rememorar los recuerdos de María, sus vivencias, sus sentimientos; lloré apretando la almohada contra mi cara, no podía hacer nada, no estaba en mi mano y recé no se muy bien a quien, para que al día siguiente me encontrara con María y siguiera compartiendo conmigo retales de su paso por la vida.

Fue como nadar en las dunas del desierto, pues curiosamente, tal vez no sepamos cuando entramos en escena, pero nadie mejor que uno mismo sabe, cuando la función ha terminado.

María murió esa misma noche tal y como ella misma había pronosticado por los mensajes que decía haber recibido en su sueño. Cuando la vi parecía dormida, estaba tranquila, como recién peinada y sonreía. Una nota para mi es su mesilla, me daba instrucciones para llamar a su hermana Lola, la única persona que aún permanecía viva de su familia y se gestionaran todos los preparativos para su despedida. Pedía ser incinerada y que sus restos se dejaran volar desde el teleférico.

Cumplí todas sus peticiones y desde entonces en la atmósfera de Madrid se respira su esencia esparcida.




Fin.

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