martes, diciembre 31, 2013

El recuerdo es un espejo.

Y deseó con todas sus fuerzas que se le aparecieran los tres fantasmas de la Navidad, con el único fin de que le dieran a conocer el significado de la palabra empatía.
Habitualmente, una persona que solo mira a su ombligo suele ser incapaz de calzar las chanclas del que tiene en frente, pero esta vez lo haría sin remedio; nunca hizo nada por lo demás, solo si había algo que llevarse entre las uñas tal vez se implicaba, pero si había sentimientos de por medio, huía, el miedo le mordía los órganos por dentro y ante esa situación previsiblemente dolorosa e incómoda prefería mirar para otro lado buscando un lugar donde todo fuera de cartón, un atrezzo, siempre representando un papel en el que su realidad pasaba desapercibida, posando con la mejor de sus sonrisas, con el disfraz puesto.

Aquella noche justo antes de que terminara el año,  algo en su vida iba a cambiar para siempre, pero él aun no lo sabía.

Llegó a casa de mal humor, caminando de un lado para otro con el ceño fruncido, discutía con alguien por teléfono, a fin de cuentas era las dos cosas que mejor se le daban, especializado en despellejar a diestro y siniestro y en hablar horas interminables por teléfono. Por fin colgó y dijo en voz alta: _ ¿hola?, quería asegurarse de que estaba solo en casa, pero obtuvo respuesta para su asombro. Salió del baño en dirección al salón para identificar a quien le había respondido y lo encontró de frente quedándose perplejo al contemplar a aquel espectro al que reconoció en seguida, era Tino Casal, vestido con sus mejores galas, vino del pasado para buscarle y que se dieran una vuelta juntos.

Lo que aquel hombre le mostró fueron recuerdos de esos que se tienen bajo llave y escondidos en el más profundo de los rincones, visualizó situaciones vividas en el pasado, percibió el sufrimiento provocado en otros por su indiferencia y  la soledad que había hecho sentir a algunas personas que habían pasado por su vida. No pudo esbozar el mínimo gesto, sus ojos desmesuradamente abiertos, comprobaron cuanto tiempo había perdido, imposible ahora de recuperar, cuanto daño había hecho sin atisbo ya de solución. Vio como espectador la otra parte jironada en la que él jamás había reparado. No aguantaba la visión y rogó con los ojos llenos de lágrimas volver al presente, el fantasma le hizo reconocer que era afortunado pues muchos de esos seres que había visto, cada uno a su manera aún estaban ahí hoy en el presente, algunos incluso muy cerca de él por si los necesitaba.

Todo se difuminó en miles de añicos y Tino se despidió con su preciosa sonrisa, envuelto en su capa de leopardo con hombreras de vértigo, solo el reflejo de sus propios ojos en el cristal de la ventana le devolvieron en si y se halló a sí mismo con un color amarillo como la cera en el rostro atónito y atolondrado.

Después de varios minutos meditabundo con todas las imágenes pasadas dando vueltas como una noria en su cabeza, decidió descansar tendido en la cama, pues las horas que llevaba sin dormir le reclamaban la deuda con apremio. Se encaminó hacia el dormitorio y cuando entró casi le sale el corazón por la boca al encontrar que Nelson Mandela estaba tumbado en su cama de lado mirando hacia la puerta, con un brazo flexionado cobre el codo soportando con la mano su cabeza y en ella, una sonrisa llena de perfectos dientes que le invitaba a ver su realidad de cerca.

Sin tiempo para descansar,se elevó acompañado por el fantasma unos metros del suelo para poder ver todo sin estorbos y visualizó los últimos acontecimientos de su vida presente; vaya forma de hacer las cosas, vaya forma de decirlas, vio como poco a poco se estaba quedando solo y por qué, muchas personas ya le conocían y se apartaban de su camino con solo verle aparecer, aunque si lo disimulaban ante él, mintiéndole y haciéndole ver otra película, otros no tenían el valor para enfrentarse, nadie lo respetaba,  pero si que le temían y esquivaban; a los que creía tener junto a él, era así porque no trataba con ellos nada más que de vez en cuando y a distancia,  no existía convivencia ni la existiría, se encontraban a salvo.
Cuantos engaños, cuantas mentiras, cuantos disimulos, como ponía en juego las cosas sin tener en cuenta las consecuencias venideras, qué bien se le daba buscar un culpable para todas sus desgracias o desventuras, que venía a ser siempre la misma persona, la piedra de tócame roque, la cabeza de turco, donde desatar todas las iras que contenía por falta de valor con el resto de su entorno con los que disimulaba y a los que muchas veces maldecía siempre a escondidas.

Quiso no mirar, quiso no verlo, quiso darse la vuelta, regresar a su cama a acostarse con una nube de sentimientos revueltos en su cabeza que le ardían también en el pecho con un galope desenfrenado de impotencia y rabia contenida.

La imagen se descompuso con un barrido desde abajo hacia arriba y Nelson se despidió con su perfecta sonrisa; solo el sonido del timbre logró sacarlo de su ensimismamiento y mareado se levantó de la cama sin saber qué hora era y con la sensación de no haber dormido, para ver quien era, se aproximó a la entrada y al mirar por la mirilla no había nadie, abrió la puerta para asegurarse y mirar quien podía haber sido y la sorpresa fue descomunal.

Un par de policías intentaban localizar en el vecindario a algún familiar o al cónyuge, para que identificara su propio cadáver, esta vez el accidente fue mortal, se quedó dormido al volante regresando de un viaje con las horas de apremio en su espalda.
Preguntaban por una mujer que era la última pista que tenían de su ultima convivencia, pero lo que no sabían es que la había echado de su vida hacía pocos días porque no soportaba amar ni ser amado. No localizaron a nadie, su teléfono y su cartera salieron disparados entre llamas en el siniestro.
Su familia disfrutaban todos juntos de unos días de vacaciones en algún lugar lejano, ajenos a su falta, ya estaban acostumbrados, el nunca asistía, se habían hecho a la idea de que sus visitas fueran breves y distendidas en el tiempo, no lo echaban en falta, así no discutían y podían preservar su felicidad construida.

Uno de los policías era Manolo Escobar, se acercó a él y con la mejor de sus sonrisas, saludó llevando su mano a la gorra y amablemente,  enseñándole una foto suya, preguntó si le conocía.  Su cara se descompuso mientras la escena de disolvía entre una nube de niebla blanquecina, Manolo se despidió con una guitarra a ritmo de rumba.

Solo los besos que recibió en su espalda desnuda le llevaron de vuelta a la realidad, en lugar de gruñir y despotricar, esta vez fueron un alivio infinito que recibió con la mejor de sus preciosas y perfectas sonrisas, nada más levantase se puso ante el espejo y supo al ver su semblante, que su vida había cambiado.

Fin.


Imagen tomada prestada de www.mixplay.tv, cuento basado en el personaje creado por Charles Dickens, llamado Ebenezer Scrooge y su experiencia con los tres fantasmas de la Navidad.




















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