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sábado, septiembre 15, 2018

Off

Presionó durante unos segundos el botón trasero del móvil y tres opciones aparecieron en aquella pantalla preguntando qué quería hacer: apagar, reiniciar o activar modo avión. Se quedó pensando unos minutos, quizá varios, bastantes como para sentir indecisión y tal vez miedo. Su organismo reaccionó a su pensamiento con palpitaciones casi audibles y sudoración fría, todo sin levantar la vista de la pantalla. Al hacerlo, se vio en el reflejo de la ventana y pudo comprobar el tono amarillo cera de su rostro amedrentado. Si lo hacía se quedaba fuera, ¿fuera de qué?, de todo, de las comunicaciones, de las notificaciones, ya no vería las fotos de los demás, no sabría el estado de sus contactos. Cierto era que la mayoría de ellos eran personas con las que había coincidido una o dos veces en la vida, pero se las había ingeniado para encontrarlos por las redes y seguir paso a paso sus publicaciones, sus estados, sus actualizaciones y cambios de perfil, sintiéndose así, parte de sus vidas. Finalmente lo hizo, eligió la opción de apagar y un terrible silencio inundó la estancia. Entregó el aparato a la terapeuta tal como exigía el programa de rehabilitación y se metió las manos temblorosas en los bolsillos del pantalón.

sábado, abril 16, 2016

La deslealtad del perro. ( hay que leer este cuento con acento argentino)

Lo que no llegó a saber nunca aquel pobre hombre pobre, es que un día, por fin, el perro habló.

Todo sucedió de repente, un jueves cualquiera, al llegar a casa, una de las habitaciones, en concreto la que habían compartido hasta que ella decidió marcharse a otra, se encontraba vacía.

Tras algunos años, tal vez todos, de diferencias de pensamiento, palabra, obra y omisión, él cargado de un impropio coraje, ya que no era precisamente una de sus cualidades, decidió marcharse.

Habían tenido constantes discusiones y la confianza, si es que algún día existió, se había evaporado por la deslealtad, el abandono, la falta de respeto y la ausencia de compromiso.

Cierto es que a ninguno de ellos les sorprendió todo aquel movimiento, tarde o temprano debía de ocurrir, solo faltaba hacerlo, cerrando así un ciclo vital tóxico y enfermizo.

Ella se llevó una cama, muchos recuerdos y al perro; el resto se lo llevó él y el amor que quizás un día se tuvieron, ese, se lo llevó el viento como a María Sarmiento cuando se fue a la vía a aliviar su cuerpo.

Un día, cuando ya había pasado algún tiempo, siguiendo el curso de uno de sus duelos, ella le llamó para saber de él, interesarse por su estado de salud, trabajo y amor, aunque de lo último no se atrevía a preguntar, aun era pronto para una respuesta que no quería, en el fondo, saber.

Hablaron como falsos amigos, cordialidad contenida, incómodos silencios y finalmente una noticia sin importancia, y es que él, había incorporado a su vida un loro, esa mascota que tanto había deseado siempre, pero que ella, con su mente analítica y responsable, nunca había estimado oportuno tener, quitándole la idea de la cabeza con algunos argumentos, como no, de peso.

Fue gracioso saber que él, al menos había cumplido ya, uno de sus frustrados y absurdos deseos.
Cuando colgó el teléfono, se le ocurrió contárselo al perro. A fin de cuentas era su compañero, con el que compartía su vida, acurrucados en las oscuras y frías noches de invierno.

El animal, escuchó atentamente, moviendo sus cejas como acostumbraba cuando recibía información de interés. Emitió un pequeño gruñido de disconformidad, se revolvió sobre si mismo, dio un salto a la cama, escarbó la manta con determinación y se acomodó como una esfinge, serio, altivo, prácticamente inmóvil.


Ella se sorprendió sonriendo de su repentina reacción, cogió su cara con las dos manos y le beso en la cabeza como siempre.

De repente el perro carraspeó como un juez antes de sentenciar y comenzó a hablar, diciendo: 

_  Atendé, el buen saber es callar, hasta ser tiempo de hablar. Vos verás la que le va a preparar el loro, es cuestión de tiempo. Sentáte a mi lado que ahora vos vas a escuchá.



jueves, agosto 07, 2014

Fuego o Peste. Dos opciones.


C
uenta la leyenda que quien juega con fuego, al parecer al final, se quema. Pero también es cierto que prender una cerilla, por lo que cuentan, es un remedio muy eficaz contra el olor a caca.
Recuerdo aquel día que prendía una y otra vez los fósforos de una caja de esas de cocina, eran de madera y de muy mala calidad o bien estaban pasados, ninguno prendía a la primera. Para no dejar rastro de mi hazaña, yo metía los fallidos en la caja, mi estado de ánimo era cada vez mas ofuscado y nervioso, al ver que no se cumplía mi objetivo, el caso es que tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe, y cuando por fin conseguí prender uno, en acto involuntario lo introduje encendido en la caja de cartón llena, llevada por la sinergia o cinemática de mis movimientos repetitivos, produciendo una combustión casi espontánea en mis manos; la postura que tenia en ese momento*, tampoco me acompañó y el susto aun permanece en mi recuerdo. El olor se disipó, sin duda, pero pude constatar al mismo tiempo que efectivamente, quien juega con fuego, tiene todas las papeletas para quemarse.
Después de esta mala experiencia, me platee que en próxima ocasión, si se diera, tal vez sería más conveniente informar al salir, con esa frase tan difícil de decir, que consiste básicamente, en advertir al resto de personas que sean susceptibles de poder utilizar el retrete que acabamos de abandonar, diciendo : te aconsejo que no entres.
No se por qué nos empeñamos en no aceptar con naturalidad, la naturaleza; en mis años de experiencia, jamás he disfrutado oliendo una mierda y mucho menos ajena, pero ahí está el hecho de que a todos nos da un poco de vergüenza, cuando se trata de que otros, huelan la nuestra.


*tenía las bragas bajadas hasta los tobillos, intentaba por todos los medios no apoyar mis posaderas en el tabloncillo de aquel inodoro ajeno

martes, mayo 06, 2014

Triste anécdota de un malvado.


¡Me cago en todo lo que se menea!, gritó mientras los retortijones hacían de él su presa y sin poderlo remediar,  un torrente marrón procedente de su interior, cubrió todo lo que a su paso encontró, envolviendo el ambiente con un desagradable aroma.
Tuvo que prender fuego a la estancia con el fin de evitar su limpieza, el seguro no se hizo cargo y así fue como perdió todas sus pertenencias.



(Homenaje a D. Francisco de Quevedo y Villegas)

jueves, marzo 20, 2014

ALMANAQUE: CUNDO

ALMANAQUE: CUNDO: A Cundo el de Anastasia lo que más le molestaba era el paso del tiempo. De niño, cuando todos sus compañeros sentían vivamente el a...

jueves, diciembre 26, 2013