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miércoles, diciembre 12, 2018

SUEÑOS DE BAÑERA Y REALIDADES DE ESCALERA.


Esta vivencia que os relato a continuación, ocurrió un día al anochecer, cuando Marie, decidió tomar un baño relajante antes de acostarse, cosa que nunca hacía, porque su conciencia con la escasez de agua en el mundo, no se lo permitía.

Se deslizó hacia el baño arrastrando las zapatillas, estaba agotada y dolorida, prendió un fósforo para encender  unas velas y mientras agitaba la mano para apagar la cerilla, dejó su mente fija en algún recoveco de su pensamiento. Sentada en el borde de la bañera, veía hipnotizada caer el chorro caliente, al mismo tiempo que la estancia se inundaba de una atmósfera nebulosa, producida por el vapor que se desprendía del agua; imaginó por un instante que estaba dotada de una cola de sirena y por tanto, en su imaginación, se zambulló en el mar desde una roca de la costa y nadando suavemente, se aproximó a un velero que encontró anclado cerca de la bahía, para espiar a sus tripulantes que tomaban el sol en cubierta sin percatarse de su existencia. Cuando el nivel del agua llegaba a su límite en la bañera, sin saber cómo,
 regresó en si y se sumergió en el liquido muy despacio. 

A su alcance había un cestillo en el que guardaba sales y ungüentos desde tiempos remotos, alargó el brazo metió la mano cogiendo al azar un frasco de cristal con unas perlas brillantes en su interior; por fuera, en la etiqueta, la casual imagen de una  sonriente sirena saludaba con la mano; volcó un poco del contenido en el agua que se tornó de inmediato de suave color anaranjado, desprendiendo un agradable aroma que aspiró profundamente cerrando los ojos, abandonada a la relajación. 
Enseguida su respiración profunda le transportó a recuerdos pasados, veía una niña en la que se reconoció a sí misma, tenía dos trenzas rematadas con un lazo azul marino en la punta; llevaba un vestido amarillo de pequeñas florecillas con una lazada en la cintura, calcetines de ganchillo y unas playeras tórtola del mismo color que el lazo, estaba en el patio de su casa, en el que una higuera ocupaba el centro, extendiendo sus inmensas ramas plagadas de frutos; todo apuntaba a que en su recuerdo, era verano y ella, esa niña que tanto tiempo llevaba sin recordar; el aroma de la higuera inundaba sus sentidos.

Se visualizó en un columpio, con las faldas subidas por el balanceo, cantaba despreocupada con los ojos cerrados y entonces, escuchó nítidamente a su madre que la llamaba. Abrió los ojos y ahí estaba, rodeada de luz, llena de ternura, la piel clara, su risa entrañable, con los brazos abiertos para curar todos sus males, corrió a abrazarla y su madre la acunó tarareando una canción, pasados unos segundos, el cansancio y el dolor desapareció mágicamente sin dejar rastro. Fue un recuerdo curativo que se desvaneció para dar paso a otra escena que no identificó como un recuerdo, aunque disfrutó mucho; 

era ella otra vez, ya había crecido, se encontró frente a un gran ventanal por el que veía las flores de un jardín frondoso, chorreaban por los muros buganvillas, cactus florecidos, grandes chumberas, limoneros...; en una esquinita vislumbraba un precioso huerto ordenado, a rebosar de tomates rojos y brillantes pimientos; al instante se encontraba tumbada en una hamaca que colgaba de dos hermosas palmeras,  a lo lejos veía el mar, guiñaba los ojos para distinguir el horizonte,  que unía su azul con el del cielo, creando la sensación de flotar en un infinito de color turquesa; quería volar surcando el cielo, para luego bajar y zambullirse en el fondo marino, convirtiéndose en un pez de escamas plateadas que surcara los mares libre, sin rumbo conocido.  Había elegido en su mente aquel paraíso, para pasar el resto de su vida, en esa visión, un sabor a sal en la boca y un aroma veraniego fueron las sensaciones que inundaron todo su ser.

El agua del baño comenzaba a enfriarse, con el dedo gordo del pie tanteó hasta conseguir la cadena del tapón, lo quitó para que el agua se fuera por el desagüe sin cambiar de postura. De pronto, tuvo la sensación de hundirse en la bañera, su cuerpo se encogía de una forma inexplicable y una fuerza centrífuga la arrastraba sin remedio, estaba horrorizada, todo ocurría muy deprisa, la corriente la arrastraba hacia el desagüe, era como si estuviera bajando por los rápidos de un río embravecido, inútil luchar, pues su tamaño había mermado hasta convertirse en el de un insecto y se dejó llevar rendida.

Con las manos en la cara para no ver su destino y envuelta en la corriente de agua anaranjada, salió por el desagüe camino de las tuberías, bajó deprisa con un ensordecedor ruido atronando sus oídos, dando tumbos y vueltas sobre si misma durante todo el trayecto, hasta que desembocó y se hundió en otras aguas más profundas, luchando con todas sus fuerzas por salir a la superficie, le faltaba el aire.

Consiguió salir a flote, tenía que tranquilizarse para salvar su vida, jadeando sin dejar de mover sus extremidades, para no hundirse de nuevo, el cansancio se apoderaba de su diminuto cuerpo, las fuerzas flojeaban. En ese momento, sintió que algo se acercaba por su espalda, se giró y vio que era una enorme vasija de plástico que se dirigía hacia ella flotando despacio. Realizó un ultimo esfuerzo para nadar a su encuentro y logró meterse en ella con mucha dificultad. Una vez dentro, se dispuso a achicar la improvisada embarcación para poder seguir flotando en la cloaca.

Por un instante se sintió a salvo, todavía con la mente confundida y el corazón a galope, no daba crédito al terrible suceso; tumbada en aquel cayuco de rescate, lloraba sin consuelo aterrorizada por la situación, fue entonces cuando el sonido amortiguado de un timbre lejano llegó a sus oídos. 

Con cierto esfuerzo, dice que abrió los ojos despacio y descubrió que estaba en la bañera, con la piel arrugada como un garbanzo, por cierto, de estar en remojo tanto tiempo, las velas ya se  habían consumido y chorreado cera por doquier y al parecer, alguien llamaba a  su puerta insistentemente.

Salió de la bañera con las piernas temblorosas, aturdida se envolvió en el albornoz y descalza, chorreando agua, se dirigió a duras penas por el largo pasillo, a la puerta de entrada. Había perdido la noción del tiempo en el baño, no esperaba a nadie y aun así, entreabrió un poco, sin mirar antes por la mirilla; delante de sus ojos, dice que había un ser vestido con túnica negra y capucha, que por lo visto, portaba una guadaña, cuya hoja brillaba en la oscuridad del descansillo. Inmediatamente, su instinto de protección, ante aquella sospechosa presencia, reaccionó rápido cerrando de golpe la puerta mientras gritaba _ ¡se ha equivocado! , ¡se ha equivocado! , ¡sea lo que sea que viene buscando, no es aquí!

Se quedó escuchando con su oreja pegada a la puerta, al otro lado un silencio sepulcral erizaba todos los pelos de su cuerpo, no se atrevía a mirar por la mirilla, la imagen no podía entrañar nada bueno o al menos eso le parecía a Marie, pero también el hecho de que permaneciera en su descansillo no la iba a permitir estar tranquila, así que se lleno de valor y deslizó la tapa calada de la mirilla para comprobar, con cierto estupor, que aquel ser se había quitado la capucha, había aparcado la guadaña en la pared y se sujetaba abrazado a la columna que había en el hueco de escalera, parecía mareado; agudizó su sentido de la vista y comprobó que su rostro le era familiar, aunque pálido y con unas escandalosas ojeras de color púrpura, distinguió aun en las tinieblas, que se trataba de su vecino Paquito, el del cuarto.

Paquito venía de una fiesta de disfraces, tal vez algo perjudicado por haberse pasado con las bebidas espirituosas, no era la primera vez que se dejaba las llaves o las perdía y tenía que recurrir a su vecina para que le prestara la copia que en ella había confiado y así poder entrar a su casa.

Todo este trajín terminó con Paquito y Marie sentados en la cocina, tomando una infusión caliente, un día cualquiera ya de madrugada.


Paquito.


sábado, septiembre 15, 2018

Off

Presionó durante unos segundos el botón trasero del móvil y tres opciones aparecieron en aquella pantalla preguntando qué quería hacer: apagar, reiniciar o activar modo avión. Se quedó pensando unos minutos, quizá varios, bastantes como para sentir indecisión y tal vez miedo. Su organismo reaccionó a su pensamiento con palpitaciones casi audibles y sudoración fría, todo sin levantar la vista de la pantalla. Al hacerlo, se vio en el reflejo de la ventana y pudo comprobar el tono amarillo cera de su rostro amedrentado. Si lo hacía se quedaba fuera, ¿fuera de qué?, de todo, de las comunicaciones, de las notificaciones, ya no vería las fotos de los demás, no sabría el estado de sus contactos. Cierto era que la mayoría de ellos eran personas con las que había coincidido una o dos veces en la vida, pero se las había ingeniado para encontrarlos por las redes y seguir paso a paso sus publicaciones, sus estados, sus actualizaciones y cambios de perfil, sintiéndose así, parte de sus vidas. Finalmente lo hizo, eligió la opción de apagar y un terrible silencio inundó la estancia. Entregó el aparato a la terapeuta tal como exigía el programa de rehabilitación y se metió las manos temblorosas en los bolsillos del pantalón.

sábado, abril 16, 2016

La deslealtad del perro. ( hay que leer este cuento con acento argentino)

Lo que no llegó a saber nunca aquel pobre hombre pobre, es que un día, por fin, el perro habló.

Todo sucedió de repente, un jueves cualquiera, al llegar a casa, una de las habitaciones, en concreto la que habían compartido hasta que ella decidió marcharse a otra, se encontraba vacía.

Tras algunos años, tal vez todos, de diferencias de pensamiento, palabra, obra y omisión, él cargado de un impropio coraje, ya que no era precisamente una de sus cualidades, decidió marcharse.

Habían tenido constantes discusiones y la confianza, si es que algún día existió, se había evaporado por la deslealtad, el abandono, la falta de respeto y la ausencia de compromiso.

Cierto es que a ninguno de ellos les sorprendió todo aquel movimiento, tarde o temprano debía de ocurrir, solo faltaba hacerlo, cerrando así un ciclo vital tóxico y enfermizo.

Ella se llevó una cama, muchos recuerdos y al perro; el resto se lo llevó él y el amor que quizás un día se tuvieron, ese, se lo llevó el viento como a María Sarmiento cuando se fue a la vía a aliviar su cuerpo.

Un día, cuando ya había pasado algún tiempo, siguiendo el curso de uno de sus duelos, ella le llamó para saber de él, interesarse por su estado de salud, trabajo y amor, aunque de lo último no se atrevía a preguntar, aun era pronto para una respuesta que no quería, en el fondo, saber.

Hablaron como falsos amigos, cordialidad contenida, incómodos silencios y finalmente una noticia sin importancia, y es que él, había incorporado a su vida un loro, esa mascota que tanto había deseado siempre, pero que ella, con su mente analítica y responsable, nunca había estimado oportuno tener, quitándole la idea de la cabeza con algunos argumentos, como no, de peso.

Fue gracioso saber que él, al menos había cumplido ya, uno de sus frustrados y absurdos deseos.
Cuando colgó el teléfono, se le ocurrió contárselo al perro. A fin de cuentas era su compañero, con el que compartía su vida, acurrucados en las oscuras y frías noches de invierno.

El animal, escuchó atentamente, moviendo sus cejas como acostumbraba cuando recibía información de interés. Emitió un pequeño gruñido de disconformidad, se revolvió sobre si mismo, dio un salto a la cama, escarbó la manta con determinación y se acomodó como una esfinge, serio, altivo, prácticamente inmóvil.


Ella se sorprendió sonriendo de su repentina reacción, cogió su cara con las dos manos y le beso en la cabeza como siempre.

De repente el perro carraspeó como un juez antes de sentenciar y comenzó a hablar, diciendo: 

_  Atendé, el buen saber es callar, hasta ser tiempo de hablar. Vos verás la que le va a preparar el loro, es cuestión de tiempo. Sentáte a mi lado que ahora vos vas a escuchá.



jueves, agosto 07, 2014

Fuego o Peste. Dos opciones.


C
uenta la leyenda que quien juega con fuego, al parecer al final, se quema. Pero también es cierto que prender una cerilla, por lo que cuentan, es un remedio muy eficaz contra el olor a caca.
Recuerdo aquel día que prendía una y otra vez los fósforos de una caja de esas de cocina, eran de madera y de muy mala calidad o bien estaban pasados, ninguno prendía a la primera. Para no dejar rastro de mi hazaña, yo metía los fallidos en la caja, mi estado de ánimo era cada vez mas ofuscado y nervioso, al ver que no se cumplía mi objetivo, el caso es que tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe, y cuando por fin conseguí prender uno, en acto involuntario lo introduje encendido en la caja de cartón llena, llevada por la sinergia o cinemática de mis movimientos repetitivos, produciendo una combustión casi espontánea en mis manos; la postura que tenia en ese momento*, tampoco me acompañó y el susto aun permanece en mi recuerdo. El olor se disipó, sin duda, pero pude constatar al mismo tiempo que efectivamente, quien juega con fuego, tiene todas las papeletas para quemarse.
Después de esta mala experiencia, me platee que en próxima ocasión, si se diera, tal vez sería más conveniente informar al salir, con esa frase tan difícil de decir, que consiste básicamente, en advertir al resto de personas que sean susceptibles de poder utilizar el retrete que acabamos de abandonar, diciendo : te aconsejo que no entres.
No se por qué nos empeñamos en no aceptar con naturalidad, la naturaleza; en mis años de experiencia, jamás he disfrutado oliendo una mierda y mucho menos ajena, pero ahí está el hecho de que a todos nos da un poco de vergüenza, cuando se trata de que otros, huelan la nuestra.


*tenía las bragas bajadas hasta los tobillos, intentaba por todos los medios no apoyar mis posaderas en el tabloncillo de aquel inodoro ajeno

martes, mayo 06, 2014

Triste anécdota de un malvado.


¡Me cago en todo lo que se menea!, gritó mientras los retortijones hacían de él su presa y sin poderlo remediar,  un torrente marrón procedente de su interior, cubrió todo lo que a su paso encontró, envolviendo el ambiente con un desagradable aroma.
Tuvo que prender fuego a la estancia con el fin de evitar su limpieza, el seguro no se hizo cargo y así fue como perdió todas sus pertenencias.



(Homenaje a D. Francisco de Quevedo y Villegas)

jueves, marzo 20, 2014

ALMANAQUE: CUNDO

ALMANAQUE: CUNDO: A Cundo el de Anastasia lo que más le molestaba era el paso del tiempo. De niño, cuando todos sus compañeros sentían vivamente el a...

jueves, diciembre 26, 2013