Estuve observando desde afuera la pequeña puerta de entrada
a la tienda. Era de madera, pintada de verde y lucía decapada por los años trascurridos
de entradas y salidas; sin duda le vendría muy bien una o dos manos de lija y
una nueva capa de pintura, del mismo color, no lo cambiaría, ese verde agua
resaltaba en la fachada de ladrillo visto, invitando a traspasarla aunque solo fuera para
ver que se cocía adentro.
Después de haber llegado hasta allí y después de haber disimulado por la acera, que si simulando una llamada con el teléfono, que si miré a ver qué hora era, así a lo tonto, para que “se creyeran” que estaba esperando a alguien, luego me toqué la oreja, cogí el lóbulo con la punta de los dedos índice y pulgar y tiré hacia abajo, sin ningún fin en concreto, pero ese gesto, no me digáis cómo, me llevó a cruzar la calle en dirección a la puerta y empujarla para entrar, estaba entornada.
Al abrir escuché un tintineo sobre mi cabeza, procedente de
un colgador, de esos con pequeños
objetos colgantes, que emiten un
agradable sonido avisador , de que alguien ha traspasado el umbral, avancé en
mi curiosidad y una vez dentro, me fascinó lo que vieron mis ojos.
De las paredes, colgaba el tiempo, el tiempo en oferta. Dos horas de
risa por una hora con diez de sueño, rezaba un cartel, había horas de compañía anunciadas con letras fosforescentes, horas de la verdad pintadas en rojo, horas de soledad y retales de tiempo perdido
que se regalaban, al parecer, con cada hora de esfuerzo demostrado.

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